por la que tanto amigos como enemigos logran pasar.
Pues si no lo hacen ellos, lo logran sus voces
las cuales cuando son hirientes
nunca puedo esquivar.
A qué se debe que presto atención tan agudamente
a las historias idiotas que vienen a contar.
Quizá lo hago esperando inutilmente
a que el hablante guarde silencio
y se decida a escuchar.
Pero nunca pasa, el diálogo nunca sucede
y el monólogo de lástima sigue futilmente su andar.
Y me odio siempre por ser el fiel oyente
que aunque muere de ganas
nunca resuelve abandonar el lugar.
Alfonso Ter

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