domingo, 30 de marzo de 2008

Un buen día.

Solamente te escribo deseando que tengas un buen día, con una idea que te mantenga despierta rompiendo tu calma, sin contentarte en el desespero de buscar salidas. Ni permitiendo que el paso del tiempo decida tu ritmo, o que las voces de muchos se vuelvan tu himno, sino que seas tú y tuya durante éste día: tu propia bandera, tu eterna enemiga, tu fiel compañera que te acepta y te anima. Deseo que persistas ante todo lo malo, y desenmascares lo falso que en tí pueda haberse plantado. Deseo que crezcas y brilles, no siendo fuente, sino reflejo de la luz que nunca podrá ser apagada. Deseo que decidas aprovechar tu momento, pues correrá y se ira lejos a la tierra en que todo se olvida. Pero sobre todo deseo que al final de cada día puedas decir "Hasta aquí buena ha sido mi vida".


Alfonso Ter

martes, 25 de marzo de 2008

Quizás en la otra vida.

Quizás en la otra vida sí podremos encontrarnos;
Entre el torbellino humano que hoy nos impide tocarnos,
como un golpe sorpresivo de inspiración anhelada
me hallarás en tí cautivo y yo a tí cautiva en mi mirada.
Y sabremos sin decirlo que a ese flujo hemos vencido.
Que surcamos sin navío la fría corriente del destino,
y paso a paso entre murmullos, entre extraños y vacíos,
tu inminencia tan certera me hará ver por qué es que existo.
Contemplaremos de momento diluirse el tiempo y el espacio,
en delicado rocío que tierno ha de reanimarnos.
Y al ver de cerca tu mirada, la mía veré vuelta reflejo
cantando dulce y sin palabras con el gozo que hoy no tengo.
Y quizá extenderé mi mano deseando hallarte realizada,
bast
ándome un leve roce para verte consumada.
Y no sabré tu nombre, ni t
ú conocerás el mío,
pero seremos tan ciertos, tan propios, uno mismo,
que aun sin decir nada comprenderemos el vació
y abrazaremos nuestras almas con un beso tierno y tibio...
Quizás en la otra vida sí podremos encontrarnos,
porque tristemente hoy día, conocernos fue negado.


Alfonso Ter

lunes, 17 de marzo de 2008

“Oda al tiempo, al desenfreno y a la risa”. *

Los días implacables se fueron sumando hasta formar años
La suma de esos años forjaron una vida
Y esa vida ya en lo último asemejaba una triste poesía.
El recuerdo intoxicado por el tiempo
engrandeciendo a su paso y desgastando como el polvo que marchita
que opaca, que añora sin remedio, sin respuestas
entre congeladas despedidas que un día fueron y siguen siendo
dentro de una mente que se apaga pero que aferrada nunca olvida.
Que aun desea, y al cuerpo manda ingenua a que corra de nuevo en las praderas;
pero el cuerpo ha muerto, por partes sigue vivo, y por partes va muriendo.
Y se niega, en medio del trance de la edad, en medio del sonido de metales
de relojes, de murmullos y de aves, escucha al sol rosar su piel reseca.
Duele a su paso y profundas marcas deja.
Y en la negación escapa de su cuarto, escapa de su hoguera
y vuelve a las tierras que de él nada recuerdan.
Viaja por el tiempo y el espacio que solamente él comprende
y se ve de nuevo vigoroso andando esa avenida
sintiéndose de vuelta el incógnito rey de Europa,
dueño de mil patrias, navegante insomne, caballero por excelencia.
Volvió a verse sumergido en su era de grandeza,
de amantes y juergas, desvelos y letras.
Y miró del cielo caer cual nieve sus cuartillas
conteniendo las historias y poemas que inspiró aquella faena.
Aunque olvidó la mayoría, sobre su mano se posó una simple hoja
que tenía escrito el poema más infame que en su vida escribiría:
“Oda al tiempo, al desenfreno y a la risa”.
Lo creyó olvidado y muerto en el fuego, pero no era cierto.
Sobre su mano estaba resucitado por la materia del recuerdo.
Sin quererlo comenzó a leer la oda
Y su tremendo sabor inundó su boca.
Manjar etereo de punzantes dagas;
“Oh, cuan dulcemente vil eres ahora”.
Desconoció la obra que le hablaba
con una fuerza que dolía por ser sincera.
“Obra maestra”; plagio total que le arrancó toda la gloria
Y lo dejó para siempre sumido en su miseria.
Quemó riqueza, se hizo incendiario de su propia naturaleza.
Extranjero y mezquino por excelencia.
Jamás superó aquella oda,
jamás superó su insolencia,
jamás hizo nada más grande
ni se venci
ó a sí mismo
para hacerse tras la lucha una mejor persona.
Y día a día esta fue su única historia.
Y los días implacables se fueron sumando hasta formar años,
la suma de esos años forjaron una vida
Y esa vida ya en lo último asemejaba un triste poema que leí un día:
“Oda al tiempo, al desenfreno y a la risa”.



Alfonso Ter

[*] In memoriam.