lunes, 17 de marzo de 2008

“Oda al tiempo, al desenfreno y a la risa”. *

Los días implacables se fueron sumando hasta formar años
La suma de esos años forjaron una vida
Y esa vida ya en lo último asemejaba una triste poesía.
El recuerdo intoxicado por el tiempo
engrandeciendo a su paso y desgastando como el polvo que marchita
que opaca, que añora sin remedio, sin respuestas
entre congeladas despedidas que un día fueron y siguen siendo
dentro de una mente que se apaga pero que aferrada nunca olvida.
Que aun desea, y al cuerpo manda ingenua a que corra de nuevo en las praderas;
pero el cuerpo ha muerto, por partes sigue vivo, y por partes va muriendo.
Y se niega, en medio del trance de la edad, en medio del sonido de metales
de relojes, de murmullos y de aves, escucha al sol rosar su piel reseca.
Duele a su paso y profundas marcas deja.
Y en la negación escapa de su cuarto, escapa de su hoguera
y vuelve a las tierras que de él nada recuerdan.
Viaja por el tiempo y el espacio que solamente él comprende
y se ve de nuevo vigoroso andando esa avenida
sintiéndose de vuelta el incógnito rey de Europa,
dueño de mil patrias, navegante insomne, caballero por excelencia.
Volvió a verse sumergido en su era de grandeza,
de amantes y juergas, desvelos y letras.
Y miró del cielo caer cual nieve sus cuartillas
conteniendo las historias y poemas que inspiró aquella faena.
Aunque olvidó la mayoría, sobre su mano se posó una simple hoja
que tenía escrito el poema más infame que en su vida escribiría:
“Oda al tiempo, al desenfreno y a la risa”.
Lo creyó olvidado y muerto en el fuego, pero no era cierto.
Sobre su mano estaba resucitado por la materia del recuerdo.
Sin quererlo comenzó a leer la oda
Y su tremendo sabor inundó su boca.
Manjar etereo de punzantes dagas;
“Oh, cuan dulcemente vil eres ahora”.
Desconoció la obra que le hablaba
con una fuerza que dolía por ser sincera.
“Obra maestra”; plagio total que le arrancó toda la gloria
Y lo dejó para siempre sumido en su miseria.
Quemó riqueza, se hizo incendiario de su propia naturaleza.
Extranjero y mezquino por excelencia.
Jamás superó aquella oda,
jamás superó su insolencia,
jamás hizo nada más grande
ni se venci
ó a sí mismo
para hacerse tras la lucha una mejor persona.
Y día a día esta fue su única historia.
Y los días implacables se fueron sumando hasta formar años,
la suma de esos años forjaron una vida
Y esa vida ya en lo último asemejaba un triste poema que leí un día:
“Oda al tiempo, al desenfreno y a la risa”.



Alfonso Ter

[*] In memoriam.

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